Durante muchos años de mi vida he tenido miedo a muchas cosas y aún le temo a muchas de ellas. Desde cuarto de primaria recuerdo que salir al frente de la clase era una de ellas. Era casi imposible. La transpiración, el corazón que aceleraba, las orejas rojísimas, los ojos llorosos y la voz temblorosa me derrotaban en los primeros segundos que me dirigía al público. Evité muchas exposiciones en la etapa escolar simplemente faltando a clases.
Pero no solo temía a una gran cantidad de gente en frente, sino también si se trataba de una sola persona. A veces sucedía que tenía terror dirigirme a personas con las que no tenía confianza o que no conocía. No tenía idea de qué decir o cómo comenzar una conversación. Evitaba por eso las fiestas o los quinceañeros (nunca fui a uno), situaciones en las que los adolescentes o jóvenes desean conocer a personas de su sexo opuesto (mayormente de su sexo opuesto). Tampoco iba al cine con amigos, ya que en una etapa de mi vida no había hecho amigos.
También temía a las alturas, a lo insectos, pero esos temores aún los tengo y son distintos a los primeros que he mencionado. Los dos primeros no los he vencido totalmente, porque he aprendido que el miedo nunca desaparece del todo (o quizás sí, no puedo tener la certeza), pero sí que se le puede ver de una manera distinta: ya no como lo que me limita arriesgarme a hacer ciertas acciones, sino como un reto.

Me encanta.
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